COBRE Y HIERRO, UNA DUPLA PODEROSA

El cobre es esencial para que nuestro organismo procese el hierro ya que lo ayuda a convertirse a su forma férrica, una de las más sutiles y por ende tolerables, y permite transportarlo desde y hacia los tejidos. Es por esto que la deficiencia en el consumo de cobre se asocia con la anemia y a la vez puede acarrear múltiples consecuencias: neutropenia (reducción de parte de los glóbulos blancos), anormalidades óseas que pueden incluir fracturas, fatiga cerebral o debilitamiento y en el largo plazo problemas cardiovasculares.

El cobre, un oligoelemento esencial para la vida, se distribuye ampliamente en los alimentos, sobre todo en vísceras, mariscos, frutos secos como las nueces, legumbres, cereales, el salvado y el cacao. También se puede encontrar en papas, legumbres, carne roja, champiñones y algunas frutas. Contribuye al buen funcionamiento del cerebro, el sistema nervioso y el cardiovascular. Además facilita el transporte del hierro, ayuda al crecimiento óseo y fortalece el sistema inmunitario.

La deficiencia de cobre en una persona es rara, aunque puede presentarse en personas alimentadas por vía intravenosa durante un tiempo prolongado, tras intervenciones del intestino delgado –el órgano que lo absorbe en su mayor parte–, si se toma un exceso de zinc o en niños desnutridos.

Las funciones del cobre en el cuerpo son complejas, entre ellas la modulación de enzimas en las que actúa como elemento catalítico. Algunas de esas enzimas son importantes en procesos biológicos como las alergias, la degradación de la adrenalina, la serotonina y el desarrollo del tejido conectivo.

Su deficiencia se asocia a la anemia, ya que dificulta la acción de la transferrina, lo que disminuye el aprovechamiento del hierro.

Las enzimas en las que actúa el cobre ejercen una acción general antioxidante y, por tanto, preventiva de procesos degenerativos y cáncer.

Fuente: extracto, Infobae.com

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